viernes, 13 de marzo de 2015

Mujeres desesperadas

Parada en el medio de la ruta Felicidad ha creído ver, en el horizonte, el débil reflejo de las luces traseras del auto. Ahora, en la oscuridad cerrada del campo, sólo se distinguen la luna y su vestido de novia. Sentada sobre una piedra junto a la puerta del baño concluye que no tendría que haber tardado tanto. Desprende del tul algunos granos de arroz. Apenas puede adivinar el paisaje: el campo, la ruta y el baño.
       Quiere llorar, pero todavía no puede. Corrige los pliegues del vestido, se mira las uñas, y contempla, cada tanto, la ruta por la que él se ha ido. Entonces algo sucede:
       -No vuelven- dice una mujer.
       Felicidad se asusta y grita. Por un segundo cree encontrarse frente a un fantasma. Intenta controlarse, pero el cuerpo no deja de temblarle. Mira a la mujer: nada parece sobresaltarla, tiene una expresión vieja y amarga, aunque conserva entre las arrugas grandes ojos claros y labios de perfectas dimensiones. 
       -La ruta es una mierda- dice la mujer. Saca de su bolsillo un cigarrillo, lo enciende y se lo lleva a la boca- Una mierda. Lo peor…
       Una luz blanca aparece en la ruta, las ilumina al pasar, y se esfuma con su tono rojizo.
       -¿Y qué? ¿Vas a esperarlo?- dice la mujer.
       Ella mira el lado de la ruta por el que, de volver su marido, vería aparecer el auto, y no se anima a responder.
       -Nené- dice la mujer, y le ofrece la mano.
       Ella extiende con duda la suya y se saludan. Los movimientos de Nené son firmes y fuertes.
       -Mirá- dice Nené; se sienta junto a Felicidad- voy a hacértela corta- pisa el cigarrillo apenas empezado, enfatiza las palabras- se cansan de esperar y te dejan. Eso es todo. Parece que esperar es algo que no toleran. Entonces ellas lloran y los esperan… Y los esperan… Y sobre todo, y durante mucho tiempo: lloran, lloran y lloran todavía más.
       Aunque lo intenta, Felicidad no logra entenderla. Está triste, y cuando más necesita del apoyo fraternal, cuando sólo otra mujer podría comprender lo que se siente tras haber sido abandonada junto a un baño de ruta, ella sólo cuenta con esa vieja hostil que antes le hablaba y ahora le grita.
       -¡Y siguen llorando y llorando durante cada minuto, cada hora de todas las malditas noches!
       Felicidad respira profundamente, sus ojos se llenan de lágrimas. 
       -Y meta llorar y llorar… Y te digo algo: esto se acaba. Estoy cansada, agotada de escuchar a tantas estúpidas desgraciadas. Y una cosa más te digo… -se interrumpe, parece dudar, y pregunta- ¿Cómo dijiste que te llamabas?
       Ella quiere decir Felicidad, pero se traga el llanto, hipando.
       -Hola… ¿Te llamabas…?
       -Fe, li…- trata de controlarse. No lo logra, pero resuelve la frase- cidad.
       -No, no, no. Ni se te ocurra. Por lo menos aguantá algo más que las demás.
       Felicidad empieza a llorar.
       -No. No voy a seguir soportando esto. No puedo. ¡Felicidad!
       Ella fuerza una respiración ruidosa y retiene el llanto, pero enseguida la situación le es insostenible y todo vuelve a empezar.
       -No puedo creer, que él…- respira- que me haya…
       Nené se incorpora, mira a Felicidad con desprecio y se aleja furiosa, campo adentro. Ella intenta contenerse, pero al fin se descarga:
       -¿Desconsiderada!- le grita, pero después se incorpora y la alcanza- espere… No se vaya, entienda…
       Nené camina ignorándola.
       -Espere- Felicidad vuelve a llorar.
       Nené se detiene.
       -Callate- dice- ¡Callate tarada!
       Entonces Felicidad deja de llorar y Nené le señala la oscuridad del campo.
       -Callate y escuchá.
       Ella traga saliva. Se concentra en no llorar.
       -Bueno, ¿y? ¿Lo sentís?- mira hacia el campo.
       Felicidad la imita, intenta concentrarse.
       -Lloraste demasiado, ahora hay que esperar a que se te acostumbre el oído.
       Felicidad hace un esfuerzo, tuerce un poco la cabeza. Nené espera impaciente a que ella al fin comprenda.
       -Lloran…- dice Felicidad, en voz baja, casi con vergüenza.
       -Sí. Lloran. ¡Sí, lloran! ¡Lloran toda la maldita noche! ¿No me vez la cara? ¿Cuándo duermo? ¡Nunca! Lo único que hago es oírlas todas las malditas noches. Y no voy a soportarlo más, ¿se entiende?
       Felicidad la mira asustada. En el campo, voces y llantos de mujeres quejumbrosas repiten a gritos los nombres de sus maridos.
       -¿Y a todas las dejan?
       -¡Y todas lloran!- dice Nené.
       Entonces gritan:
       -¡Psicótica!
       -¡Desgraciada, insensible!
       Y otras voces se suman:
       -¡Dejános llorar, histérica!
       Nené mira hacia todos lados. Grita al campo:
       -¿Y que hay de mí…? ¿Qué hay de las que hace más de cuarenta años que estamos acá, también abandonadas, y tenemos que oír sus estúpidas penitas todas las malditas noches? ¿Eh? ¿Qué hay?
      -¡Tomate un calmante! ¡Loca!
      Felicidad mira a Nené y comprende cuánto más grande es la tristeza de aquella mujer comparada con la suya. Nené se muerde los labios y niega. En el campo los gritos son cada vez más violentos. 
       -¡Vení, turrita!; ¡vení y da la cara!
       -Vení, dale. A ver cuanto te dura esta nueva amiguita…
       -¡Dónde estás vieja! ¡Hablá infeliz!
       -¡Cuando vos ya estabas acá llorando nosotras todavía salíamos con ellos desgraciada!
       Algunas voces dejan de gritar para reírse.
       Nené se deja caer y se sienta resignada.
       -¡Déjenla en paz!- dice Felicidad. Se acerca a Nené y la abraza como se abraza a una niña.
       -Hay… Que miedo…- dice una de las voces- así que ahora tenés compañerita…
       -Yo no soy compañerita de nadie- dice Felicidad- sólo trato de ayudar…
       -Ay… Solo trata de ayudar…
       -¿Saben por qué la dejaron en la ruta?
       -¡Por qué es una morsa flaca!
       -No, la dejaron porque…- se ríen- …porque mientras ella se probaba su vestido de novia, nosotras ya nos acostábamos con su maridito…- vuelven a reírse.
       Las voces se escuchan cada vez más cerca. Es un griterío donde es difícil separar a las que lloran de las que se ríen.
       -¡Porqué no se callan, cotorras!- grita Nené.
       -¡Ya te vamos a agarrar, turra!
       Felicidad siente bajo los pies el temblor de un campo por el que avanzan cientos de mujeres desesperadas. Nené comienza a retroceder hacia la ruta. Felicidad la sigue.
       -¿Cuántas son…?- pregunta.
       -Muchas- dice Nené- demasiadas.
       Pero Felicidad no puede escucharla, los insultos son tantos y están ya tan cerca que es inútil responder o tratar de llegar a un acuerdo.
       -¿Qué hacemos?- insiste Felicidad.
       Entonces Nené adivina en ella los signos contenidos del llanto.
       -No se te ocurra llorar- le dice.
       Retroceden cada vez más rápido. Ya casi están sobre la ruta. A lo lejos, un punto blanco crece como una nueva luz de esperanza. Felicidad piensa ahora, por última vez, en el amor. Piensa para sí misma: que no la deje, que no la abandone.
       -Si para nos subimos- grita Nené.
       -¿Qué?
       Ya están cerca del baño.
       -Que si el auto para…
       El murmullo las sigue y ya parece estar sobre ellas. No alcanzan a verlas, pero saben que están ahí, a pocos metros. El coche se detiene frente al baño. Nené se vuelve hacia Felicidad y le ordena que avance, y sin acercarse demasiado, oculta aún en la oscuridad, espera a que la mujer se baje para sentarse ella y obligar al hombre a conducir. Pero el que se baja es él. Con las luces recortando el camino aún no ha visto a las mujeres y baja apurado agarrándose la bragueta. Entonces el barullo aumenta. Las risas y las burlas se olvidan de Nené y se dirigen exclusivamente a él. Se detiene pero ya es tarde; en sus ojos el espanto de un conejo frente a las fieras. Mientras, Nené rodea el auto para subir del lado del conductor, pero cuando intenta abrir la puerta se encuentra con que la mujer ha puesto las trabas de seguridad. 
       -¡Abra, vamos! ¡Tenemos que subir!- dice Nené mientras forcejéa la puerta.
       -Si se quiere bajar dejála- dice Felicidad- por ahí ellos sí se quieren.
       Desde el interior del coche la mujer grita qué quieren, de dónde vienen, una pregunta tras otra. Nené grita y golpea desesperada los vidrios:
       -¡Abrí, nena! ¡Abrí!
       La mujer se cambia de asiento y enciende el motor. El hombre escucha el automóvil pero no se vuelve para mirar. Está absorto y parece adivinar, en la oscuridad, la masa descomunal de mujeres que corren hacia él.
       -¡Abrí, tarada!- Nené golpea los vidrios con los puños, forcejea la manija de la puerta. 
       Detrás, Felicidad mira al hombre y a Nené, al hombre y a Nené. La mujer acelera nerviosa haciendo patinar las ruedas. Nené y Felicidad retroceden. Parte del auto cae a la banquina y las salpica de barro. Al fin las ruedas vuelven a morder el asfalto y el auto se aleja. 
       Aunque tras ellas los gritos de las mujeres continúan, el reflejo anaranjado de las luces traseras alejándose parece sumirlas en una silenciosa tristeza. A Felicidad le hubiese gustado abrazar a Nené, apoyarse en su hombro al menos. Es entonces cuando pequeños pares de luces blancas comienzan a iluminar el horizonte.
       -¡Vuelven!- dice Felicidad.
       Pero Nené no responde. Enciende un cigarrillo y contempla en la ruta los primeros pares de luces que ya están casi sobre ellas. 
       -¡Son ellos!- dice Felicidad- se arrepintieron y vuelven a buscarnos…
       -No- dice Nené, y suelta una bocanada de humo- son ellos, sí; pero vuelven por él.

Agujeros Negros

El doctor Ottone se detiene en el pasillo y, muy despacio al principio, comienza a balancearse sobre las plantas de sus pies, con la mirada fija en alguno de los azulejos blancos y negros que cubren todos los pasillos del hospital, así que el doctor Ottone está pensando. Después toma una decisión, vuelve a entrar al consultorio, prende las luces, deja sobre el sillón sus cosas y busca, entre todo lo que hay en su escritorio, la carpeta de la señora Fritchs, así que Ottone está ocupado con algún tema y se propone encontrar una solución, una repuesta al menos, o derivar ese tema a otro doctor, por ejemplo al doctor Messina. Abre la carpeta, busca una página determinada que encuentra y lee: “...Agujeros negros ¿Me entiende? Usted está acá, por ejemplo, y de pronto está en su casa, en su cama, con el pijama ya puesto, y sabe perfectamente que no ha cerrado el consultorio, ni apagado las luces, ni recorrido lo que tenga que recorrer para llegar a su casa, es más, ni siquiera se ha despedido de mí. ¿Entonces? ¿Cómo puede ser que usted esté en su cama con el pijama puesto? Bueno, eso es un espacio vacío, un agujero negro como le digo, un tiempo cero, como lo quiera llamar, ¿qué más si no?...”
       El doctor Ottone guarda la carpeta, recoge sus cosas, apaga las luces, cierra con llave y se dirige hacia el consultorio del doctor Messina, a quien está seguro de encontrar a esa hora. Ottone efectivamente encuentra a Messina pero dormido sobre el escritorio y con una estatuilla en la mano. Lo despierta y le entrega la carpeta de la señora Fritchs. Messina, un poco dormido aún, se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué se ha despertado con una estatuilla en la mano. Con un gesto, Ottone responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone, galleta que Ottone acepta. Messina abre la carpeta.
       -Lea la página quince- dice Ottone.
       Messina busca, encuentra y lee, todo cuidadosamente, la página quince. Ottone espera atento. Cuando termina su lectura, Ottone le pide una opinión.
       -¿Y usted cree en esto, Ottone?
       -¿En agujeros negros?
       -¿De qué estamos hablando?
       Así que Ottone recuerda el vicio de Messina de responder sólo con preguntas y eso lo pone nervioso.
       -Hablamos de agujeros negros, Messina...
       -¿Y usted cree en eso, Ottone?
       -No, ¿Y usted?
       Messina abre otra vez su cajón.
       -¿Quiere otra galleta, Ottone?
       Ottone agarra la galleta que Messina le ofrece. 
       -¿Cree o no cree?- Insiste Ottone.
       -¿Yo conozco a esta señora...?
       -...Fritchs, la señora Fritchs. No, no creo que la conozca, sólo vino a verme dos veces y es su primer tratamiento.
       Alguien toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone reconoce al portero y pregunta:
       -¿Qué necesita, Sánchez?
       El portero explica con sorpresa que la señora Fritchs espera al doctor Ottone en la sala de ese piso. Messina recuerda al portero que son las diez de la noche y el portero explica que la señora Fritchs se niega a irse.
       -No quiere irse, está en pijama, sentada en la sala y dice que no se va si no habla con el doctor Ottone, qué quiere que le haga yo...
       -¿Por qué  no la trajo, entonces?- pregunta Messina mientras mira la estatuilla.
       -¿La traigo acá? ¿A su consultorio? ¿O al del doctor Ottone?
       -¿Que le pregunté yo a usted?
       -Que porqué  no la traje.
       -¿No la trajo a dónde, Sánchez?
       -Acá.
       -¿Dónde es acá?
       -A su consultorio, doctor.
       -¿Entiende ahora, Sánchez?, ¿A donde tiene que traerla entonces?
       -A su consultorio, doctor.
       Sánchez se inclina levemente, saluda y se retira. Ottone mira a Messina, la mandíbula de Messina que oprime la fila de dientes superior con la inferior, así que Ottone está nervioso y aún espera una respuesta de Messina, doctor que comienza a guardar sus cosas y a acomodar papeles del escritorio. Ottone pregunta.
       -¿Se va?
       -¿Me necesita para algo?
       -Dígame al menos qué opina, qué cree que conviene hacer. ¿Por qué no la ve usted?
       Messina, ya desde la puerta del consultorio, se detiene y mira a Ottone con una leve, apenas marcada, sonrisa.
       -¿Qué diferencia hay entre la Señora Fritchs y el resto de sus pacientes?
       Ottone piensa en contestar, así que su dedo índice empieza a subir desde donde reposa hacia la altura de su cabeza, pero se arrepiente y no lo hace. Queda entonces el dedo índice de Ottone suspendido a la altura de su cintura, sin señalar ni indicar nada preciso.
       -¿A que le tiene miedo, Ottone?- pregunta Messina y se retira cerrando la puerta, dejando a Ottone solo y con su dedo índice que baja lentamente hasta quedar colgado del brazo. En ese momento entra la Señora Fritchs. La señora Fritchs lleva un pijama, celeste, con detalles y puntillas blancas en cuello, mangas, cinto y otros extremos. Ottone deduce que esta señora está en un estado nervioso considerable, y deduce esto por sus manos, que ella no deja de mover, por su mirada y por otras cosas que, aunque comprueban esos estados, Ottone considera que no necesitan ser enumeradas.
       -Señora Fritchs, usted está muy nerviosa, va a ser mejor si se calma.
       -Si usted no me soluciona este problema yo lo denuncio doctor, esto ya es un abuso.
       -Señora Fritchs, tiene que entender que usted está haciendo un tratamiento, los problemas que tenga no se van a solucionar de un día para el otro. 
       La Señora Fritchs mira indignada a Ottone, rasca el brazo derecho con la mano izquierda y habla.
       -¿Me toma por estúpida? Me está diciendo que tengo que seguir dando vueltas por la ciudad en pijama, pijama en el mejor de los casos, hasta que usted decida que el tratamiento está terminado. ¿Para qué pago yo ese seguro médico, a ver?
       Ottone piensa en el doctor Messina bajando las escaleras principales del hospital y esto le provoca diversas sensaciones, sensaciones en las que no va a profundizar ahora.
       -Mire- dice Ottone con paciencia, empezando a balancearse, lentamente al principio, sobre las plantas de sus pies- cálmese, entienda que usted está con problemas psicológicos, usted inventa cosas para ocultar otras cosas más importantes. Todos sabemos que usted no pasea en pijama por el hospital. 
       La señora Fritchs desenrosca pliegues de las puntillas de su camisón, así que      Ottone entiende que la charla será larga. 
       -Siéntese por favor, relájese, vamos a hablar un rato- dice Ottone.
       -No, no puedo. Va a llegar mi marido a casa y yo no voy a estar, tengo que volver, doctor, ayúdeme.
       Ottone desarrolla rápidamente la primera de las sensaciones postergadas de Messina bajando las escaleras. Aire entrando por las costuras del abrigo, entonces frío, un poco de frío.
       -¿Tiene dinero para regresar?
       -No, no llevo plata cuando ando en camisón por casa...
       -Bueno, yo le presto para que vuelva a su casa y pasado mañana, en el horario que a usted le corresponde, hablamos de estos problemas que tanto le preocupan...
       -Doctor, yo le acepto el dinero si quiere, y vuelvo a casa, perfecto. Pero ya le expliqué, sabe, dentro de un rato estoy acá de nuevo, y cada vez es peor. Antes pasaba cada tanto, pero ahora, cada dos o tres horas, zas, agujero negro.
       -Señora...
       -No, escuche, escúcheme. Me recupero, o sea, vuelvo a donde estaba ¿Cómo le explico? A ver, desaparezco de casa y aparezco en casa de mi hermano, entonces me desespero, imagínese, tres de la mañana y aparezco en pijama, pijama en el mejor de los casos, en el cuarto matrimonial de mi hermano. Entonces trato de volver, ¿Sabe  doctor qué sufrimiento? Hay que salir del cuarto, de la casa, todo sin que nadie se de cuenta, tomar un taxi, todo en pijama, doctor, y sin plata, imagínese, convencer al taxista de que le pago al llegar. Y cuando estoy por llegar, zas, fin del agujero y aparezco en casa otra vez.
       Ottone aprovecha este tiempo para analizar la segunda sensación de Messina escaleras abajo. Entrada a un auto, ambiente más agradable, alivio al dejar el peso del portafolio en el asiento del acompañante.
       -Aparte imagínese, andaba por casa siempre con dinero y un abrigo atado a la cintura del camisón, no sea cosa. Pero ahora no, basta, cuando caigo en agujeros ya no vuelvo. Si igual nunca llego, tomo taxis que casi nunca alcanzan a dejarme donde les pido. No, basta, ahora me quedo donde esté hasta que pase el agujero y listo.
       -¿Y cuánto tiempo tardan en pasar estos agujeros negros?
       -Y, vea, yo no puedo decirle con exactitud, una vez fui y volví en el momento, sin problema. Y otra estuve en casa de mi madre unas cuántas horas, diga que ahí sé donde están las cosas, preparé unos mates y paciencia, tardó tres horas, doctor, una vergüenza. 
       Ottone piensa en cuántos minutos ya  ha estado  la señora Fritchs en el hospital y no obtiene un número definido, quizás cinco, quizás diez, no sabe.
Sánchez toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone pregunta:
       -¿Qué pasa, Sánchez?
       - Lo busca el doctor Messina.
       -Cómo ¿No se fue?
       -Sí, se fue, pero al rato estaba acá de vuelta, me parece que el doctor está un poco angustiado, anda a medio desvestir, o vestir, no sé decirle, doctor, y pregunta por usted.
       -¿Qué pregunta, Sánchez?
       -Si usted está, si puede usted hacerle el favor de ir a verlo. Me parece que está enojado, doctor...
       El doctor Ottone mira a la señora Fritchs, señora que rasca con la mano derecha su brazo izquierdo y contesta la mirada de Ottone con un gesto recriminatorio.
       -Va a tener que disculparme.
       -No, lo acompaño.
       -No, hágame el favor, señora, quédese acá. El doctor Messina enojado es ya de por sí todo un problema. 
       Sánchez acompaña la opinión de Ottone con un movimiento de cabeza y se retira caminando por el pasillo, pasillo que Ottone recorre ahora, unos metros detrás. 
       Se asoma Messina, minutos después, no sabe bien Messina después de qué, tras el biombo de su consultorio, para descubrir a la señora Fritchs sentada en un sillón. Messina mira su propia mano y se pregunta por qué tiene, otra vez, esa estatuilla. Mira desconcertado el escritorio, el lugar vacío donde la había dejado un rato atrás. Luego mira a la Señora Fritchs y la señora Fritchs, con las manos aferradas a los brazos del sillón, como si fuese a caer hacia o desde algún lado, mira al doctor Messina.
       -¿Y usted quién es? ¿Qué hace en mi consultorio?
       -El doctor Ottone dijo...
       -¿Por qué está en pijama?
       -El portero y el doctor Ottone fueron a buscarlo al...
       -¿Usted es la señora Fritchs?
       -Usted también está en pijama- dice la señora Fritchs mientras observa asustada la estatuilla en la mano del doctor.
       Messina verifica su apariencia, plantea mentalmente distintas hipótesis sobre las razones de su propio paradero actual, deja la estatuilla en su lugar y acomoda el cuello de su camiseta hasta que éste queda centrado con respecto al eje del cuello, posición de camiseta que hace de Messina un hombre más seguro.
       -¿Usted es la señora Fritchs?
       -El doctor Ottone dijo que lo esperara acá.
       -¿Yo le pregunté algo sobre Ottone, señora?
       -Sí, soy la señora Fritchs, espero al doctor Ottone.
       -¿Le parece que éste puede ser el consultorio de un doctor como el doctor Ottone?
       -No sé, me parece que no, yo solamente lo espero.
       Compara Messina mentalmente la figura de esa señora con la de su mujer y no obtiene ningún beneficio.
       -¿Usted es la  señora que tiene problemas con los agujeros negros?
       -¿Usted no los tiene?
       En ese momento Messina comprende algunas cosas, cosas de las que sólo rescata dos como planteos pertinentes. Primero, lo que puede estar pasándole; segundo, que tras la señora Fritchs se esconde una persona de suma inteligencia. Piensa una pregunta para comprobar el segundo planteo:
       -¿Por qué espera al doctor Ottone?
       -Ottone y el portero fueron a buscarlo a usted al hall ¿Usted es el doctor...?
       -¿Messina?
       -Eso, Messina, necesito que alguien me ayude. 
       Messina busca y encuentra sobre su escritorio la carpeta de la señora Fritchs y, de espaldas a  esta señora, revisa el contenido, a la vez que relaciona ideas de agujeros negros, gente en pijamas y estatuillas. Pregunta:
       -¿Qué cree usted que nos esté pasando?
       -A usted no sé doctor, pero a mí nada- responde Sánchez que entra por la puerta y le alcanza un juego de llaves. Messina mira rápidamente el sillón vacío donde un segundo antes estaba la señora Fritchs.
       -¿Qué hace acá, Sánchez? ¿No tiene nada mejor que hacer?
       Sánchez, brazo extendido hacia Messina con llaves enganchadas al extremo del dedo índice, habla:
       -Acá tiene las llaves doctor. Yo me voy.
       -¿A dónde se va usted? ¿Dónde está la Señora Fritchs?
       -Mi horario termina a las diez, ya son diez y media, yo me voy.
       -¿Dónde está la señora Fritchs?
       -No sé, doctor, por favor tome las llaves.
       -¿Y Ottone? ¿Donde está Ottone?
       -Lo está buscando a usted, doctor, yo me voy.
       Messina sale de su consultorio sin tomar las llaves y recorre el pasillo de azulejos blancos y negros hasta el hall, donde encuentra a Ottone. Pliega Ottone los dedos de su mano derecha hasta obtener un puño cerrado, sin aire en el interior, para luego forzar estos dedos con la mano izquierda, lo que produce una serie de crujidos en los nudillos, así que Ottone ha visto a Messina, está sumamente angustiado, y le desagrada ver a este doctor, el doctor Messina, a medio vestir, o desvestir, Sánchez no ha sabido decirle y él no alcanza ahora  a elaborar una definición correcta. 
       Messina va a preguntarle algo pero descubre en su propia mano la estatuilla, así que se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué tiene esa estatuilla en la mano. Ottone, con un gesto, responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone. Galleta que Ottone acepta sin preguntarse por qué ambos, Ottone y Messina, ya no se encuentran en el hall, sino en el consultorio del segundo de los doctores mencionados.
       Y aunque Messina piensa en decirle algo a Ottone, decide que será mejor no hacerlo y simplemente deja la estatuilla sobre una mesada del hall, porque, en efecto, ya están otra vez en el hall y no en el consultorio del doctor Messina.
       -¿Está usted bien?- pregunta Ottone.
       -¿Usted cree que yo puedo estar bien en el estado en que me encuentro?
       Observa Ottone la camiseta desarreglada de Messina.
       -¿Que opina ahora de esto, Messina?
       -¿De qué?
       -De los agujeros negros.
       -¿Dónde está la señora Fritchs?
       -Está en su consultorio. 
       -¿Me está cargando, Ottone? ¿No se da cuenta de que yo vengo de ahí?
       Piensa Ottone en algo que no explica, y cuando ve a la señora Fritchs, corriendo, lejos, de un pasillo a otro, propone a Messina ir a buscar a esta señora. Abre grandes los ojos Messina y se acerca a Ottone como quien piensa en contar un secreto. Ottone escucha:
       -¿No se da cuenta de que ella sabe?
       -¿Que sabe qué cosa?
       -¿Por qué cree usted que corre así la señora?
       Amaga Ottone un nuevo crujimiento de sus dedos, pero Messina reacciona rápido, toma fuerte su muñeca, y dice:
       -¿No se dio cuenta?
       -¿De qué?
       -¿No se dio cuenta de lo que pasó la última vez que usted crujió sus dedos?
       -¿Estuvimos ahí?
       -¿En un agujero negro?
       -¿Sí?
       -¿Hace falta que le responda?
       Interrumpe la conversación el sonido de las llaves de la puerta, colgadas del dedo de Sánchez a la altura de la frente de ambos médicos. Sánchez:
       -Las llaves, yo me voy.
       Propone Messina a Sánchez:
       -¿Por qué antes de irse no nos va a buscar a la señora?
       A lo que asiente Ottone, contento, y agrega:
       -Sí, traiga a la señora  y le aceptamos las llaves.
       Messina le señala a Sánchez los pasillos por donde, salteadamente, cruza la señora Fritchs, a veces caminando preocupada, a veces con paso presuroso. Da Messina unas palmaditas en la espalda de este Sánchez a quien Ottone sonríe y dice alegre:
       -Vaya, Sánchez, vaya y traiga a la señora.
       Mira Sánchez hacia los pasillos y ve un par de veces a la señora Fritchs cruzar de una puerta a otra. Luego mira al doctor Messina, al doctor Ottone, deja las llaves sobre la mesada del hall y explica a estos doctores:
       -Yo soy el portero, mi turno terminó a las diez. Veo que tienen algunos problemas, pero yo no tengo nada que ver, no sé si me interpretan...- y se retira.
Messina mira las llaves que han quedado al lado de la estatuilla y luego, desesperanzado, mira a Ottone, doctor que a la vez mira a Messina, aunque sus percepciones tienen que ver ahora con otras cosas, cosas como Sánchez bajando las escaleras, Sánchez sintiendo el aire frío de la calle en la cara, Sánchez pensando en que siempre está más desabrigado de lo que debería, y que todo es culpa de su madre que, a diferencia de otras madres, nunca le recuerda las cosas. Piensa entonces Messina en Sánchez subiendo al colectivo ciento treinta y cuatro, ramal dos, o tres, los dos van, y cuando está a punto de pensar en Sánchez abriendo la puerta de su casa, casa lógicamente de este mismo Sánchez, lo que ve es a la señora Fritchs, o mejor dicho, no la ve, o más bien la ve desaparecer ante sus ojos. Entonces dice Messina al doctor Ottone:
       -¿Vio eso, Ottone?
       -¿Ver qué?
       -¿No vio eso?
       Ottone está a punto de responder,  y este inminente momento se deduce por su dedo índice que, lentamente, comienza a ascender hacia la altura de su cabeza, pero cuando lo hace, cuando este dedo llega a la altura citada y Ottone enuncia sus primeras palabras, entonces este Doctor, el doctor Ottone, se encuentra no con el doctor Messina, sino con Clara, es decir su esposa, en su casa, los dos en pijama.
En un pasillo del hospital, ahora aún más lejos de su consultorio, Messina se pregunta, una vez más, qué hace ahí a esas horas de la noche, a medio vestir, o desvestir, con una estatuilla en la mano y, cuando va a preguntarse eso pero en voz alta, lo que queda ahora es, simplemente, el pasillo del hospital, vacío.

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Translated by: Agnès Poirier
Selección
Agnès Poirier
Cuento ArgentinoJam de escritura-Improvisación literaria en vivo- 
Editorial Mondadori
Argentina. 2007
Idea y producción 
Adrián Haidukowski
Cuento ArgentinoUna terraza propia-Nuevas narradoras argentinas- 
Editorial Norma
Argentina. 2006
Seleccion y prólogo
Florencia Abbate
Cuento ArgentinoUna terraza propia-Nuevas narradoras argentinas- 
Editorial Estruendo Mudo
Perú. 2006
Seleccion y prólogo
Florencia Abbate
cuento argentinoLa joven guardia-Nueva narrativa argentina- Editorial Norma
Argentina. 2005
Selección y prólogo
Maximiliano Tomas
Cuentos ArgentinosCuentos Argentinos-Una antología argentina- Editorial Siruela
España. 2004
Selección y prólogo
Eduardo Hojman

Pájaros en la boca

El núcleo del disturbioWahrheit über die zukunftSuhrkamp Verlag, Alemania

Zwei,drei Sätze, und die junge argentini-sche Autorin Samanta Schweblin hat den Leser in einen Erzählraum geschleust, der seine eigene Wirklichkeit hat: eigentüm-lich beunruhigend, frappierend anders-und erhellend real.
"Samanta Schweblin hat Geschichten zu erzählen. Sie hat Rhythmus. Sie hat Poesie. Sie ist verderbt. Sie hat einen einzigartigen Blick auf die Dinge." Crítica de la Argentina.
Verstörende Momente bilden den Kern von Samanta Schweblins zupackenden Erzählungen. Wo die Grenzen zwischen Realem und Phantastischem verschwinden, taucht der Leser ein in eine aberwitzige Welt, die traumartig überscharf die unsere spiegelt. Keine andere literarische Gattung ist in Argentinien so beliebt und hat eine so lange Tradition wie die der Erzählung. Samanta Schweblin, von der argentinischen Literaturkritik bereits als die beste Erzählerin ihrer Generation gefeiert und mit Cortázar und Bioy Casares verglichen, schafft mit starker Stimme und starken Bildern einen eigenen, wundersamen Erzählkosmos


Pressestimmen 
»Samanta Schweblin setzt die in Argentinien große Tradition der Kurzgeschichte mit fantastischer Note, zu der die meisten namhaften Autoren des Landes beigetragen haben, auf sehr aktuelle, inspirierte und entschiedene Weise fort. ... Der schmale Band liegt leicht in der Hand, sein literarisches Gewicht ist jedoch beträchtlich.«Eberhard Falcke, Die Zei


El núcleo del disturbioDe mond vol vogelsVerhalen, Holanda
‘Samanta Schweblin zet de in Argentinië grote traditie van korte verhalen vertellen, waaraan vele auteurs van grote naam bijgedragen hebben, op een zeer eigentijdse, inspirerende en onderscheidende manier voort. Deze kleine bundel ligt licht in je hand, maar zijn literaire gewicht is aanzienlijk.’ –Die Zeit
‘Samanta Schweblin is een van de meest veelbelovende stemmen in de Spaanstalige hedendaagse literatuur. Ik twijfel er niet aan dat deze schrijfster een geweldige carrière voor zich heeft.’ – Mario Vargas Llosa, winnaar Nobelprijs voor de Literatuur 2010
‘Een van de meest veelbelovende stemmen in het moderne Argentijnse verhaal. In de traditie van [bekende Argentijnse schrijver] Bioy Casares.’ – El Mundo
‘Een van de twintig meest veelbelovende jonge schrijvers in de Spaanstalige literatuur.’ – Granta

El núcleo del disturbioLa pesante valigia di BenavidesFazi, Italia
"Samanta Schweblin è una delle voci più promettenti della letteratura odierna in lingua spagnola. Non ho il minimo dubbio che questa narratrice abbia una brillante carriera davanti a sé". 
Mario Vargas Llosa
"Un padre alle prese con la figlia che si alimenta di piccioni vivi, un uomo che trascina il cadavere di sua moglie in una valigia di cuoio e che suo malgrado diviene un artista alla moda, donne in vestito da sposa che aspettano sul ciglio di una strada di notte: questi alcuni dei personaggi peculiari che animano i racconti di Samanta Schweblin. Sullo sfondo, una realtà fatta di dettagli palpabili, incrinata da gesti dai toni surreali e spiazzanti. Perché dietro alla trama del quotidiano si cela un alone terribile, un ghigno che ammicca all’assurdità di ogni gesto. Il filo rosso che li unisce è la complessità dei rapporti umani, la tragedia – spesso grottesca – che scaturisce da una mancanza di comunicazione desolante. In queste pagine, ogni gesto diviene rappresentazione estrema di un’umanità alle prese con un equilibrio precario, pronto a strapparsi rovinosamente. Con il suo sguardo affilato, l’autrice spinge i lettori a percorrere campi poco esplorati, ma allo stesso tempo universali. La scrittura di questa giovane scrittrice è precisa e calibrata, la sua voce è in linea con quella dei grandi maestri del racconto argentino, da Borges a Cortázar."

El núcleo del disturbioPássaros na bocaCavalo de ferro, Portugal

"Uma das vozes mais potentes da nova narrativa argentina. A herdeira de Bioy Casares." El Mundo
“Samanta Schweblin − argentina de 30 anos de idade − é dotada de um talento extraordinário para a forma breve e de uma imaginação fantástica. Atenta a Borges, Bioy Casares e Cortázar, os seus contos remexem no onírico quarto dos fundos da vida afectiva, nos enredos familiares, na relação entre homem e mulher, entre pais e filhos. Concisas, penetrantes, precisas, algumas das histórias deste volume são puros rasgos de visionário. Outras, aparentemente mais banais, movem-se sobre o fio subtil do insólito e do inquietante.”La Repubblica


El núcleo del disturbioPájaros en la bocaRandom House - Lumen, España

"...Este es el mundo de Samanta Schweblin, un territorio peculiar, hecho de esperas y preguntas, donde el lector tiene su parte en la resolución de los enigmas que plantea el cuento; un modo de describir la vida que a veces nos recuerda a Kafka y otras nos lleva hasta Flannery O'Connor, manteniendo siempre su propia identidad; un lugar donde la escritura, sobria y eficaz, está al servicio de las historias que cuenta, sin un adjetivo de más o un verbo de menos.
Sí, como decía Italo Calvino, la buena literatura es aquella que acecha la vida usando las palabras adecuadas, aquí tenemos a una joven autora que conoce muy bien su oficio y con Pájaros en la boca abre una nueva puerta a la literatura de nuestro tiempo."

El núcleo del disturbioA madárevóNyitott Könyvműhely, Hungría

"A Madárevő hipnotikus meséi rémisztő kegyetlen-séggel bontják le a valóság falait. A nyers és idegenszerű szokatlanba különös módon everedik bele a hétköznapi: egy felborult ásó, a konyha padlóján fekvő halott feleség, az út, a zajok, egy vadászat a pusztán, a pestis dühe, a feszültség, a
kétségbeesés. Nevezhetnénk ezt a világot abszurdnak, ha a valóság nem bizonyította volna be már annyiszor, hogy semmi sem lehetetlen.
A gördülékeny és precíz stílusban megírt elbeszélések Franz Kafkára vagy éppen David Lynchre emlékeztethetnek. A kötet, mely 2008 legkiemelkedőbb latin-amerikai kulturális alkotásáért a Casa de las Americas díját is elnyerte, Samanta Schweblint az új generációs argentin elbeszélők
legfontosabb és legeredetibb alakjai közé emelte."

El núcleo del disturbioPájaros en la bocaAlmadía, México

Imposible saber qué nos espera al cruzar el umbral de cada cuento de Pájaros en la boca. Con una imaginación proteica, la autora nos devela los pen samientos, miedos e incertidumbres de niños, adolescentes, hombres y mujeres entrentados a un mundo hostil y misterioso que los conmina a la acción. A la mejor tradición del relato breve Schweblin no teme añadirle un punto de vista refrescante que no desdeña la sensualidad.
Premiados en Cuba y Argentina, traducidos a seis idiomas, los cuentos de Samanta schweblin aportan una mirada peculiar, que sobresale en la narrativa latinoamericana contemporánea. En este libro, como ha escrito Mario Bellatín, el lector se llevará "la sorpresa de descubrir que en un texto literario están contenidas todas las demás artes. Schweblin es una experiencia más parecida a la que se puede tener en una galería o frente a una película de autor que delante de un libro sacado de algún estante gris".

El núcleo del disturbioPájaros en la bocaEmecé, Argentina, Chile y Ecuador

Entre la noche insomne y la vigilia, los cuentos hipnóticos de Pájaros en la boca horadan lo real con una crueldad aterradora. Crudos, extraños, insólitos: lo raro se impone en ellos a veces con una sospecha trivial y silenciosa. Otras, con una densidad violenta e irreversible, como en una película de David Lynch, o en una pesadilla kafkiana.Un cavador fanático, un hombre solo con su mujer muerta en el piso de la cocina, la ruta, ruidos, cacerías en la estepa, la furia de las pestes, la tensión, la desesperación.Ganador del premio Casa de las Américas 2008, este libro de relatos se mueve en la delgada línea que separa lo fantástico de lo real, lo sobrenatural de lo cotidiano, en un estilo fluido y preciso. Una visión particular del mundo que confirma a Samanta Schweblin como una de las narradoras argentinas más importantes y originales de su generación.

El núcleo del disturbioPájaros en la bocaEditorial Estruendomudo, Perú
Como en el cine de Lynch, los cuentos de Samanta Schweblin nos llevan suavemente hacia el delirio. Cargada de una amabilidad desconcertante, su voz fusiona la impavidez ante lo insólito y una silenciona ironí. Lúdico y sobrecogedor, "Pájaros en la boca" confirma que Schweblin es una de las cuentistas más interesantes de la literatura latinoamericana actual.

"La sorpresa de descubrir que en un texto literario están contenidas todas las demás artes. Schweblin es una experiencia más parecida a la que se puede tener en una galería o frente a una película de autor que delante de un libro sacado de algún estante gris"
Mario Bellatín


El núcleo del disturbioLa furia de las pestesPremio Casa de las Américas 2008Editorial Casa de las Américas, Cuba

Sin alardes lingüísticos ni formales, dotada de una loable gracia y de una imaginación comparable a la de los grandes maestros del relato, la autora de "La furia de las pestes" nos propone el regreso a esa literatura donde prima el placer de contar. Moviéndose con nerviosismo en la delgada línea que separa lo absurdo de lo paranoico, lo mágico de lo real, lo extravagante de lo cotidiano, los personajes de estas historias nos revelan sus temores, sus angustias, el hastío y la desesperación que los obliga a existir más allá de lo supuestamente humano.